Posted on / in Pensiones

El fin de las cosas

Uno de los momentos mas jocosos (y bochornoso) de mi adolescencia, fue verme en un parque, frotando a dos manos con gran empeño, las pilas agotadas de un radio-cassette, con la intención de así prolongar unos minutos más la energía precisa para hacer sonar la música romántica que ambientaría un posible rollete juvenil… Esas pilas redondas Tudor, que te dejaban tirado en el momento más inoportuno. Ni que decir tiene, que frotar sirvió para poco, y nos quedamos sin música. La verdad es que ni yo mismo cuando agitaba con frenesí, creí realmente que eso llegara a funcionar.

También mi madre, cuando crecíamos tan deprisa, nos gritaba para obligarnos a calzar unos zapatos que ya se habían quedado pequeños, los encajábamos, pero pronto acababan en la basura, porque ya habían tenido su vida útil. 

A veces, me he encontrado al volante del coche, poniendo punto muerto para bajar alguna cuesta larga y suave, y así apurar el combustible que olvidé repostar el día anterior… pero esa solución no dura más que unos metros… porque los milagros no existen.

Somos conscientes de que para que algo tangible funcione, es imprescindible una contrapartida: energía, o trabajo, o dinero, en una proporción que con una sencillez o complejidad relativa dependiendo del proceso, se puede calcular: Todo es limitado y finito.

Llegamos incluso a ser conscientes de la limitación de los recursos del planeta, y sabemos que hemos emitido CO2 de manera desproporcionada y ello tendrá unas consecuencias tremendamente negativas. Porque hasta el planeta tiene su límite.

Pero en un mundo en el que todo es cuantificable, España tiene algo que escapa a la lógica del axioma causa-efecto o de la limitación de recursos: Las pensiones públicas.

Los expertos -y cualquiera que sepa sumar y restar-, son conscientes de la insostenibilidad de un sistema que consume cada mes mucho más de lo que ingresa, que aumenta en pensionistas y se reduce en cotizantes y que contiene todas las contradicciones contables que se quieran encontrar. Pero nuestras pensiones escapan de toda lógica, se mantendrán por la fe o el cabreo de los jubilados y votantes que no admitimos el agotamiento del recurso. Y quien lo plantee se le defenestra. El sistema público se derrumba, y la solución es que espabilen (a buenas horas) los políticos. Y a los que sugieren sistemas complementarios (que no alternativos) de pensiones se les machaca por ensombrecer este idílico sistema de pensiones público basado en la visceralidad y no en la contabilidad. Mal plan tenemos, pero como en el cuento aquel, nadie se atreve a decir al rey que está desnudo… y menos en campaña electoral. 

Deja un comentario